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21 May

Cuatro verdades sobre el dolor de columna que todo adulto entre los 30 y 60 años debería conocer 

Dr. Andrés Almendral, MD 

Neurocirujano · Jefe del Servicio de Neurocirugía, Ciudad de la Salud · Profesor de Neuroanatomía, Universidad de Panamá 

El dolor de espalda es la primera causa mundial de discapacidad. Afecta a más de 619 millones de personas en el mundo y se espera que la cifra alcance los 843 millones hacia el año 2050. Detrás de cada cifra hay una historia humana: alguien que dejó de cargar a su nieto, un padre que ya no juega al fútbol los domingos, una madre que llora en silencio antes de levantarse de la cama. Como neurocirujano, he aprendido que la columna no solo soporta el cuerpo —sostiene la vida cotidiana de quienes amamos. Este artículo busca devolverle al lector lo más importante: información clara para distinguir cuándo preocuparse, cuándo esperar, y cuándo simplemente moverse. 

1. ¿Cuándo deja de ser “un dolor normal”? 

Casi todos experimentaremos dolor lumbar en algún momento de la vida. Es tan común como un resfriado, pero infinitamente más temido. La buena noticia es que más del 90% de los episodios agudos de dolor de espalda no esconden una enfermedad grave y mejoran espontáneamente en pocas semanas con manejo conservador. 

Sin embargo, existe un pequeño grupo de pacientes —entre el 1% y el 5%— en quienes el dolor es la señal de algo más serio: una fractura, una infección, un tumor o una compresión nerviosa que requiere atención urgente. La medicina llama a estas señales “banderas rojas”, y reconocerlas a tiempo puede marcar la diferencia entre una recuperación completa y una discapacidad permanente. 

Las banderas rojas que NUNCA debe ignorar: 

  • Pérdida del control de la orina o las heces, o adormecimiento en la zona genital o entre los muslos (“anestesia en silla de montar”). Esto puede indicar un síndrome de cauda equina, una verdadera urgencia quirúrgica. 
  • Debilidad progresiva en una o ambas piernas (dificultad para levantar el pie, tropezones, sensación de que la pierna “no responde”). 
  • Dolor que despierta por la noche, que no mejora con el reposo, o que aparece sin haber hecho ningún esfuerzo. 
  • Pérdida de peso inexplicada, fiebre, sudoración nocturna o antecedentes personales de cáncer. 
  • Dolor tras un traumatismo (caída, accidente), especialmente en personas con osteoporosis o tratamiento con esteroides. 
  • Dolor en personas inmunosuprimidas, usuarios de drogas intravenosas o con infecciones recientes. 

La regla práctica es sencilla: si el dolor le quita el sueño, le quita la fuerza o le quita el control de su cuerpo, no espere. Consulte. 

2. “Mi resonancia dice que tengo hernia”: el peligro de las imágenes mal interpretadas 

Esta es, quizás, la conversación más frecuente y más liberadora que tengo en consulta. Llega un paciente con una resonancia magnética en la mano, el rostro pálido, y la frase: “Doctor, tengo hernia discal, protrusión y degeneración. ¿Me tengo que operar?” 

Mi respuesta empieza casi siempre con la misma pregunta: ¿qué tanto le duele, y dónde le duele exactamente? Porque la resonancia magnética es una herramienta extraordinaria, pero también es generosa en hallazgos que, fuera del contexto clínico, asustan sin razón. 

Un meta-análisis publicado en el American Journal of Neuroradiology, que revisó estudios en más de 3,000 personas, demostró algo revelador: muchas personas sin dolor de espalda tienen “hallazgos” en su resonancia. A los 30 años, el 40% de adultos asintomáticos ya tiene degeneración discal y el 29% tiene una protrusión. A los 50 años, esas cifras suben al 80% y 36% respectivamente. Es decir, las arrugas de la columna —como las del rostro— son parte del paso del tiempo, no necesariamente una enfermedad. 

Una imagen no es un diagnóstico. El diagnóstico nace del encuentro entre lo que la imagen muestra, lo que el paciente siente y lo que el examen físico revela. 

La consecuencia práctica es enorme: muchos pacientes terminan operados de hallazgos casuales, mientras que el verdadero origen de su dolor —una contractura muscular, una mala postura sostenida, estrés crónico o un problema biomecánico— queda sin tratar. 

3. La columna también sana sola: el poder del tratamiento conservador 

Existe un fenómeno que la mayoría de pacientes desconoce, pero que la literatura científica ha documentado durante más de cuatro décadas: las hernias discales pueden reabsorberse espontáneamente. 

Un meta-análisis reciente, publicado en 2024 en el Journal of Spinal Disorders & Techniques, analizó la evolución natural de las hernias lumbares tratadas sin cirugía y encontró cifras que sorprenden incluso a los especialistas: 

  • En las hernias extruidas (las más grandes y aparatosas en la resonancia), la reabsorción espontánea ocurre en cerca del 67% de los casos. 
  • En las hernias secuestradas (fragmentos sueltos del disco), la reabsorción alcanza el 88%. 
  • Cuanto más voluminosa y migrada la hernia, paradójicamente mayor es la probabilidad de que el cuerpo la reabsorba por sí mismo. 

¿Por qué ocurre esto? Cuando el material del disco se desplaza fuera de su lugar, el organismo lo reconoce como un “cuerpo extraño” y envía células inmunológicas —los macrófagos— que progresivamente lo eliminan. Es el cuerpo recordándonos que sabe sanar, si le damos tiempo y condiciones para hacerlo. 

¿Qué incluye un buen manejo conservador? 

La Organización Mundial de la Salud publicó en diciembre de 2023 su primera guía global sobre el manejo no quirúrgico del dolor lumbar crónico. Sus recomendaciones —respaldadas por evidencia de alta calidad— son las siguientes: 

  • Educación al paciente, con énfasis en mantenerse físicamente activo. El reposo prolongado, lejos de ayudar, debilita los músculos y prolonga el dolor. 
  • Ejercicio terapéutico estructurado: fortalecimiento del core, estiramientos, caminata, natación o yoga adaptado. 
  • Fisioterapia y terapia manual, supervisadas por profesionales. 
  • Antiinflamatorios no esteroideos en ciclos cortos, cuando son necesarios. 
  • Abordaje biopsicosocial: tratar el estrés, la ansiedad y los factores laborales que perpetúan el dolor. 
  • En casos seleccionados: terapia cognitivo-conductual, acupuntura o manipulación espinal. 

La cirugía existe, es valiosa y salva vidas. Pero debe reservarse para los casos en que está realmente indicada: déficit neurológico progresivo, dolor incapacitante refractario a manejo médico bien conducido durante al menos seis a doce semanas, o presencia de banderas rojas. Operar a destiempo es tan grave como no operar cuando se debe. 

4. Después de los 40: cómo cuidar la columna sin llegar al quirófano 

La vida moderna ha sido cruel con nuestra columna. Pasamos ocho a diez horas sentados frente a una pantalla, dormimos mal, cargamos estrés en los hombros, y le pedimos al cuerpo —cuando llegamos a casa— que rinda como si tuviera veinte años. Después de los 40, la columna comienza a pasar factura, y lo hace de formas predecibles. 

La buena noticia es que la prevención no requiere gimnasios costosos ni terapias exóticas. Requiere algo más simple y más difícil a la vez: constancia.        

Diez hábitos que protegen su columna a partir de los 40: 

  • Muévase cada hora. Si trabaja sentado, levántese al menos cinco minutos cada sesenta. La inmovilidad prolongada es uno de los principales enemigos del disco intervertebral. 
  • Fortalezca su “corsé natural”: los músculos abdominales, paraespinales y glúteos. No para verse bien —para sostenerse bien. 
  • Camine al menos 30 minutos al día, cinco veces por semana. Es la medicina más barata y más estudiada. 
  • Duerma sobre un colchón firme pero no rígido. Evite dormir boca abajo: torsiona el cuello y aplana la curva lumbar. 
  • Cuide su postura al trabajar: pantalla a la altura de los ojos, pies apoyados en el piso, espalda contra el respaldo, y los codos en ángulo recto. 
  • Levante peso con las piernas, no con la espalda. Y nunca cargue algo pesado con el torso rotado. 
  • Mantenga un peso saludable. Cada kilo de más sobre el abdomen multiplica varias veces la carga sobre los discos lumbares. 
  • Deje el tabaco. La nicotina reduce el aporte sanguíneo al disco intervertebral y acelera su degeneración. 
  • Gestione el estrés. La tensión emocional sostenida se traduce en contractura muscular crónica, y la contractura crónica en dolor. 
  • Hidrátese bien. El disco intervertebral está formado en un 70% por agua; deshidratarse es, literalmente, secar la columna. 

La columna no se daña en un día, y tampoco se cuida en un día. Se construye —o se destruye— en los pequeños gestos diarios. 

Una reflexión final 

Llevo más de quince años operando columnas, y cada vez estoy más convencido de algo: el mejor neurocirujano no es el que más opera, sino el que sabe a quién no operar. La cirugía es una herramienta poderosa, pero el cuerpo humano, cuando se le respeta, tiene una capacidad de sanación asombrosa. 

Si usted tiene entre 30 y 60 años y siente que su espalda “ya no es la misma”, no se asuste, pero tampoco se resigne. Escuche a su cuerpo. Aprenda a distinguir las señales que merecen una consulta urgente de aquellas que requieren paciencia, movimiento y compromiso con su propio cuidado. Busque a profesionales que le expliquen, que le examinen, que le miren a los ojos antes de mirar la resonancia. 

Su columna lo va a acompañar toda la vida. Trátela como a un viejo amigo: con respeto, con atención, y sobre todo, con tiempo. 

Referencias bibliográficas 

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11. Low Back Pain: Evaluation and Management. StatPearls. Treasure Island (FL): StatPearls Publishing; 2024. Disponible en: https://www.ncbi.nlm.nih.gov/books/NBK538173/ 

12. GBD 2021 Low Back Pain Collaborators. Global, regional, and national burden of low back pain, 1990–2020, and projections to 2050. Lancet Rheumatol. 2023;5(6):e316–e329. 

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