En los últimos años, el término neurodivergencia ha cobrado relevancia tanto en el ámbito científico como en el social. Sin embargo, más allá de ser una palabra de tendencia, representa un cambio profundo en la manera en que comprendemos las diferencias en el funcionamiento cerebral.
El concepto surge del paradigma de la neurodiversidad, que propone que las variaciones en el desarrollo y funcionamiento neurológico forman parte de la diversidad humana natural. Desde esta perspectiva, condiciones como el Trastorno del Espectro Autista (TEA), el Trastorno por Déficit de Atención e Hiperactividad (TDAH), la dislexia, la dispraxia o algunas condiciones del aprendizaje no deben entenderse únicamente como trastornos, sino como formas distintas de procesamiento cognitivo, sensorial y conductual.
Es importante aclarar que el enfoque de neurodiversidad no niega la existencia de dificultades clínicas ni la necesidad de intervención. Más bien, invita a un abordaje equilibrado: reconocer los desafíos funcionales sin perder de vista las fortalezas individuales.
Desde la neurología pediátrica y la neurociencia del desarrollo, sabemos que el cerebro no es uniforme. La conectividad sináptica, la modulación sensorial, el procesamiento ejecutivo y la regulación emocional pueden variar significativamente entre individuos. Estas diferencias pueden manifestarse en patrones atencionales atípicos, hipersensibilidad sensorial, estilos de aprendizaje no convencionales o formas particulares de interacción social.
Por ejemplo, en el TEA se describen diferencias en la integración social y la comunicación pragmática, pero también se observan con frecuencia habilidades sobresalientes en memoria visual, pensamiento sistemático o atención al detalle. En el TDAH, la variabilidad atencional puede coexistir con alta creatividad, pensamiento divergente y capacidad de hiperfocalización en áreas de interés.
Neuróloga Pediatra
Ciudad de Panamá
